LA MÚSICA DEL COSMOS. Sonido y Sanación

“Hay algo musical en el cosmos y algo cósmico en la música”.

“Nuestra armonía musical, refleja la armonía cósmica”.

Desde la noche de los tiempos, han sido numerosos los intentos de vincular música y cosmos y utilizar esta sincronía para desarrollar un Arte Curativo y Sanador.

En este sentido, Pitágoras , cuya Ciencia y Arte estaban basados en el número, intentó aplicarlo a través de la manifestación más directa, potente y transcendente del mismo: la Música. Pitágoras fue de los primeros pensadores que intuyeron la relación entre la Matemática, Astronomía, la Música y el Cosmos.

Según el filósofo griego, los planetas, en su movimiento, emiten una frecuencia u onda de algún tipo. Los planetas suenan, y gracias a la combinación de todas esas armonías, se produce lo que Pitágoras denominó, la Música de las Esferas, el Silencio, del cual emana toda la manifestación o Cosmos. Para él, todo se podía explicar a través de los números y esa comprensión los acercaba al Conocimiento de lo Infinito e inefable. Las Matemáticas y la Música se unen en el concepto pitagórico de Harmonía que significa, proporción de las partes de un todo. Este gran maestro, apodado, el Hijo del Silencio decía: “escucha, serás sabio. El comienzo de la sabiduría es el Silencio”.

Pero fue Platón quien recogió aquellas ideas y describió el modo en que la substancia primordial se dividía en intervalos armónicos o espacios entre dos notas. Dios geometriza, decía Platón.

Sobre el siglo XVI, Kepler plantea la preservación de la armonía cósmica, gracias a la reorganización del sistema heliocéntrico. Calculó los tonos y alturas sobre la rotación de los planetas, lo mismo que sus cambios en las variaciones de sus órbitas elípticas, y llegó a hablar de algo semejante al “canto” planetario. O dicho de otro modo, si antes de Kepler se pensaba que cada planeta emitía un único sonido, él se percata de que cada sonido varía en un rango de alturas. Más allá del conocido dogma en su época, que compartían platónicos y aristotélicos, de que los cuerpos celestes se movían en círculos perfectos, su demostración de las órbitas elípticas revelaba una perfección superior del designio divino, en virtud de una geometría gobernada por la armonía de la música.

Un siglo más tarde, Isaac Newton, se percató de que el pitagorismo ocultaba un hecho: el heliocentrismo había sido conocido desde siempre, de modo que la teoría de la armonía de las esferas no era un mito romántico ni pintoresco, sino la clave de una cosmología científicamente más refinada. Aquel conocimiento verdadero, que había sido expresado esotéricamente, se había perdido por malentendidos de las generaciones posteriores

Pitágoras ya proponía tocar ciertas escalas y modos de acuerdo a la posición de los astros, en busca de sanar distintas dolencias, práctica que parece anticipar lo que conocemos hoy como Musicoterapia. Y si Platón y Aristóteles continuaron trazando cuestiones éticas sobre el modo en que las escalas e instrumentos influían en el ánimo y la moral del que escucha, San Agustín y Boecio incluyeron la música en las cuatro disciplinas antiguas, el llamado quadrivium: aritmética, geometría, música y astronomía. La proclamaron, además, el camino del conocimiento quintaesencial: el Corazón del Pensamiento Humanístico.

De este manera, y mediante la comprensión y el control de los elementos musicales, el canto eclesiástico del medioevo adoptó las ideas de Boecio y utilizó el canto monódico (una melodía cantada por varias personas) para equilibrar y armonizar a los miembros de sus órdenes religiosas en su actividad contemplativa: varios individuos se fundían en una único Sonido, emulando la unión Divina. De allí proviene el Canto Gregoriano.

Sin embargo, semejante al movimiento planetario, donde cada cuerpo tiene una trayectoria y un sonido distintos, el canto monódico derivó en el uso de varias melodías simultáneas, esto es, la polifonía. Y desde allí los creadores, se propusieron seguir el modelo cosmológico.

Poco más tarde, con la aparición del aria y la ópera, se asocia la novedad del sistema heliocéntrico, donde muchas veces una melodía prevalece sobre las otras que la acompañan: el sol es el centro y los planetas giran a su alrededor. Todo este fulgor creativo donde se unificaban música y ciencia, desembocaría en la obra del gran genio, Juan Sebastián Bach.

Como vemos, han habido muchos desarrollos creativos que han intentado integrar la música y el Cosmos. En la actualidad, destaca el trabajo de Hans Cousto, un matemático y científico, que sobre los años 70, encontró el significado universal de la Ley de la Octava para definir las tónicas armónicas, las cuales ha podido calcular a partir de fenómenos periódicos astronómicos. Esto ha abierto la posibilidad de sonorizar signos zodiacales con una analogía mucho más eficaz que otros autores del pasado. Estas investigaciones llevaron a desarrollar un conjunto de diapasones con los tonos de la Tierra, la Luna y los planetas. Esto permite crear una música en sintonía con la melodía del Cosmos y nos abre al campo de la Sanación Cuántica la cual trasciende los viejos paradigmas de la medicina tradicional.

Para finalizar este resumen forzosamente breve y donde no hemos podido hablar en profundidad de todas las investigaciones que se han realizado sobre la relación entre la música y el Cosmos, consideramos que lo que es realmente importante es vivenciar y experimentar en uno mismo los efectos que el sonido con su vibración afecta a los diferentes cuerpos ( físico, pránico, emocional y mental ) contribuyendo a la sanación y armonización de los mismos.


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